
En la antigüedad, filósofos como Aristóteles sostenían que el hombre es un ser social por naturaleza. Esto significa que por sí mismos los seres humanos no podríamos sobrevivir, por lo que para tener éxito como especie nos es necesario ser parte de una comunidad. Bajo este punto de vista, cada persona, por sí sola, es insignificante, pero al formar parte de una comunidad gana valor al ser una pieza que ayuda a sostener una sociedad.
Para Aristóteles, el hombre “bueno” es aquel que se interesa por hacer el bien a los demás. Y la comunidad es vista como una necesidad para asegurar la supervivencia.
Posteriormente, el cristianismo introdujo una comprensión mucho más amplia del concepto de comunidad, otorgándole a los individuos una noción de pertenencia y conexión más profunda que solo ser una “pieza” cuyo valor solo se evidencia como parte del rol que cumple dentro de un conjunto de individuos.
Para el cristianismo, el concepto de comunidad que se tenía en la antigüedad evolucionó hacia una noción más profunda de comunión. Ya no se trata solamente de coexistir dentro de una sociedad funcional, sino de participar activamente en una vida compartida marcada por el amor, el servicio y la responsabilidad mutua.
De hecho, en su carta a los Filipenses, el apóstol Pablo hace un fuerte énfasis en la importancia de rechazar los comportamientos egoístas y vivir con humildad, considerando a los demás como mejores a sí mismos.
En Filipenses 2:3-4 el apóstol Pablo escribe lo siguiente:
“No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes. No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás.” (Filipenses 2:3-4 NTV)
Estas palabras de Pablo resultan muy significativas si se considera el contexto multicultural de la ciudad de Filipos. Esta ciudad era un importante punto comercial del imperio romano, en donde convivían personas de distintos orígenes, culturas y formas de entender el mundo. Sin embargo, en medio de estas diferencias, Pablo le quiere transmitir a esta iglesia que la unidad solamente puede sostenerse cuando los creyentes abandonan el egoísmo y aprenden a preocuparse genuinamente unos por otros, sin considerar sus diferencias sociales y culturales.
Entonces, para el cristianismo el individualismo y el egoísmo no son virtudes, sino amenazas contra la comunión.
El egoísmo genera división porque encierra al individuo dentro de sí mismo, llevándolo a priorizar exclusivamente sus necesidades, deseos e intereses personales.
En el siglo XVI, Martin Lutero utilizaría la expresión latina incurvatus in se (“vuelto hacia adentro”) para describir la condición egoísta natural del corazón humano.
Según Lutero, el ser humano tiende a vivir encerrado en sí mismo, enfocado principalmente en sus propios deseos, intereses y preocupaciones. Justamente lo que Pablo advierte de no hacer a la iglesia en Filipos.
Entonces, desde esta perspectiva, el egoísmo no se limita únicamente a una actitud arrogante o egocéntrica, sino que representa una incapacidad espiritual del ser humano pecador de mirar hacia afuera, hacia los demás.
Los individuos incurvatus in se, como los llamaría Lutero, tienden naturalmente a interpretar la realidad únicamente desde aquello que afecta directamente su bienestar personal. Como consecuencia, el dolor ajeno, la injusticia o las necesidades de los demás dejan de considerarse como algo importante mientras no alteren su propia comodidad.
Y la verdad es que esta tendencia sigue siendo algo con lo que lidiamos hoy en día de muchas formas distintas. Vivimos en culturas que constantemente nos impulsan a colocarnos a nosotros mismos como el centro de todo en nuestras vidas, promoviendo una mentalidad en la que el sufrimiento ajeno solo parece importarnos cuando interfiere con nuestra propia comodidad.
Siguiendo esta lógica, surge en mi mente una expresión que fue la chispa que provocó que quisiera abordar este tema. Sin ir más profundo, hace unos días, fui testigo de una discusión entre dos personas cristianas que me llevó a pensar en esta frase:
“Si no me afecta, no me importa.”
Aunque es una expresión que quizá las personas no dirían en voz alta, creo que es una forma de pensamiento que tiene el potencial de determinar muchas de las posturas que asumimos sobre diversos temas (incluso temas triviales como el que origino esa discusión).
Por ejemplo, la indiferencia hacia la pobreza mientras esta no afecte nuestra propia estabilidad; la facilidad con la que ignoramos conflictos, injusticias o tragedias que ocurren lejos de nuestro entorno; e incluso la forma en que muchas veces reducimos el valor de otras personas basándonos en aquello que pueden o no aportarnos.
También puede verse en cosas más pequeñas y cotidianas, cuando el dolor de otros nos incomoda más de lo que realmente nos preocupa, cuando preferimos nuestra comodidad antes que involucrarnos en un problema ajeno, o incluso cuando la necesidad de otra persona se convierte en una molestia porque interrumpe nuestros propios planes.
En culturas que se han vuelto cada vez más individualistas, el sufrimiento ajeno fácilmente deja de percibirse como una responsabilidad colectiva y comienza a verse como un problema ajeno que “no es nuestro.”
En otras palabras: “si a mí no me afecta, no es mi problema.”
Un ejemplo muy claro sobre esta actitud puede verse en la historia del profeta Jonás que encontramos en la Biblia.
Cuando Dios llama a Jonás para que vaya a Nínive a anunciar Su juicio sobre ellos, en un principio Jonás se niega a ir, al punto de que decide desobedecer a Dios e intenta huir de Su voluntad. Sin embargo, cuando finalmente él va y hace lo que Dios lo mandó a hacer, resulta que el pueblo de Nínive se arrepiente y Dios decide mostrarles misericordia.
Después de que esto sucede, la reacción de Jonás ante esta situación nos muestra lo que realmente había en su corazón.
Jonás 4:1 dice:
“Este cambio de planes molestó mucho a Jonás y se enfureció.” (Jonás 4:1 NTV)
Jonás se enojó porque el pueblo de Nínive se arrepintió y Dios les mostró misericordia.
Qué egoísta, ¿no?
Para él, la destrucción de Nínive no era su problema, porque no lo afectaba en nada. Su problema “real” era que, quizá, Dios había cambiado sus planes.
Si lo pensamos, es como si Jonás estuviera cómodo sabiendo que Dios iba a destruir a miles de personas. Él estaba más preocupado por sus propios deseos y su propia definición de justicia que por la vida de miles.
De hecho, en el capítulo 4 podemos ver el nivel de egoísmo de Jonás que incluso Dios lo confronta comparando su preocupación por una planta con su indiferencia hacia toda la ciudad de Nínive.
Jonás estaba más preocupado por la pérdida de una planta que lo cubría del sol, que le producía comodidad, que por la posibilidad de destrucción de miles de vidas.
De hecho, miremos lo último que se nos cuenta en el libro:
“Entonces Dios dijo a Jonás: —¿Te parece bien enojarte porque la planta murió? —¡Sí —replicó Jonás—, estoy tan enojado que quisiera morirme! Entonces el Señor le respondió: —Sientes lástima por una planta, aunque tú no hiciste nada para que creciera. Creció rápido y murió rápido. Pero Nínive tiene más de ciento veinte mil habitantes que viven en oscuridad espiritual, sin mencionar todos los animales. ¿No debería yo sentir lástima por esta gran ciudad?” (Jonás 4:9-11 NTV)
Con esa pregunta termina el libro. Y a mí, personalmente, me parece que la pregunta no es solo para Jonás, sino para nosotros también.
Porque este nivel de egoísmo es una realidad que permanece hasta el día de hoy.
Al igual que Jonás, muchos de nosotros tampoco tenemos problema con el sufrimiento ajeno mientras permanezca lo suficientemente lejos de nosotros como para que no afecte nuestra comodidad.
Muchas veces, nos duele más perder algo que nos beneficia únicamente a nosotros que interesarnos por el dolor de personas que nunca hemos conocido y tal vez nunca conoceremos. Nos preocupan más las cosas que amenazan nuestros planes, nuestro bienestar o nuestra estabilidad que la injusticia, la necesidad o el sufrimiento de quienes nos rodean.
Y por eso el egoísmo es uno de los problemas más peligrosos que enfrenta la iglesia hoy en día. Porque se ha convertido en una forma de “idolatría del yo,” haciéndonos pensar que el mundo gira alrededor nuestro, que la comodidad propia es más importante que el bienestar colectivo, y que mientras algo no afecte directamente nuestra vida, realmente no merece nuestra atención.
Sin embargo, el Evangelio nos dirige hacia la dirección contraria.
Mientras el egoísmo nos lleva a volvernos hacia adentro y preocuparnos solo por lo que nos afecta a nosotros, Cristo nos llama a volvernos hacia afuera. Cristo nos llama a amar al prójimo, nos llama a servirnos unos a otros, a compartir nuestras cargas. Incluso, el Evangelio nos presenta la idea radical de ver a los demás como mejores que nosotros mismos. Esta es la clase de amor y comunión que es vista como una evidencia de lo que ser cristiano significa.
El Evangelio nos llama a abandonar la vida centrada solo en nosotros mismos para aprender a amar y servir a los demás, incluso cuando sus luchas y sufrimiento no nos afecten a nosotros de forma directa.
Eso fue lo que Jesús nos enseñó. Y lo que Pablo les recordaba constantemente a las iglesias que él plantó.
De nuevo, en Filipenses 2:5-8 él les escribe:
“Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús. Aunque era Dios, no consideró que el ser igual a Dios fuera algo a lo cual aferrarse. En cambio, renunció a sus privilegios divinos; adoptó la humilde posición de un esclavo y nació como un ser humano. Cuando apareció en forma de hombre, se humilló a sí mismo en obediencia a Dios y murió en una cruz como morían los criminales.” (Filipenses 2:5-8 NTV)
Básicamente, el Evangelio nos muestra que Dios mismo estuvo dispuesto a involucrarse en el sufrimiento ajeno.
Dios no observó el sufrimiento humano y dijo: “no es mi problema.” Sino que se hizo hombre, se humilló, cargó con nuestros pecados y sufrió por nosotros.
Mientras nosotros nos inclinamos hacia nosotros mismos, como decía Lutero, Cristo se entregó completamente por nosotros. Mientras nosotros buscamos nuestra comodidad, él renunció a Su gloria. Y es por eso que, como cristianos, la frase “si no me afecta, no me importa” no debería ser una opción.
Porque no lo fue para Jesús.
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En los últimos meses, observando cómo se está moviendo el cristianismo de forma general, siento que el creyente «promedio» no entiende el nivel de santidad que se nos exige por la Palabra. El egoísmo es ciertamente una desviación de esa santidad, de no caminar en el Espíritu. No revelo ejemplos particulares por respeto y porque confío en el poder del Espíritu de restaurar esos corazones, pero el egoísmo e, incluso, la apatía son tan sutiles, que podemos tener una condición de incurvatos in se y no darnos cuenta. El Señor tenga misericordia de todos. Muy buen artículo, Héctor.