
Por la orilla del mar de Galilea te paseas,
dejando tus huellas en la arena,
para que quienes las vean
puedan encontrarte
y caminar contigo.
Algunos las reconocen y las siguen.
Otros muchos las ignoran.
Pero el mar no espera.
Y después de un rato,
la marea sube, lenta y silenciosa,
hasta cubrir cada una de tus huellas.
Los que las seguían
creen que perderán el camino.
Pero tú también ves la marea
borrar tus rastros en la arena.
Y, en lugar de seguir solo tu camino,
te das vuelta y comienzas a hacerles señas.
Algunos quieren darse por vencidos,
convencidos de que
sin tus huellas,
no podrán alcanzarte.
Tan sumidos en encontrarlas
que no levantan la mirada,
mientras tú sigues allí,
con tus manos levantadas.
Entonces,
alguien que ya te conocía
se acerca a quienes aún buscan
tus huellas en la orilla.
Les señala hacia el horizonte
y les dice:
—No teman.
Allí está aquel a quien buscan.
Sus corazones y el tuyo arden
cuando sus miradas se encuentran.
Ellos corren hacia ti.
Tú corres hacia ellos.
Y cuando por fin se reúnen,
nadie vuelve a mirar la arena,
porque ahora caminan contigo
a la orilla del mar de Galilea.
“Se decían el uno al otro: ―¿No ardía nuestro corazón mientras conversaba con nosotros en el camino y nos explicaba las Escrituras?”
(Lucas 24:32 NVI)
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