
La semana pasada en mi iglesia tuvimos un grupo misionero de jóvenes de Estados Unidos que vinieron a realizar algunas actividades con nuestros jóvenes. Yo participé como parte de la organización y uno de los traductores.
Amo trabajar con grupos misioneros, principalmente porque cuando era más joven Dios usó a algunos de ellos para acercarme a Él cuando yo ni siquiera sabía cómo hacerlo.
Por experiencia propia he visto cómo Dios usa a misioneros alrededor del mundo para impactar iglesias, comunidades e incluso generaciones enteras. Por eso doy gracias a Dios por ellos.
Pero hoy, después de haber servido yo mismo como misionero, mi perspectiva sobre ellos cambió. Ya no tengo expectativas de recibir alguna bendición espiritual, más bien mi oración cambió hacia:
¿Cómo puedo ser yo ahora de bendición para ellos?
Así que esa era mi oración para con este grupo de chicos. De hecho, el último día, después de que terminamos con las actividades que se tenían planeadas, los misioneros se quedaron a compartir con los jóvenes de la iglesia durante la noche. En ese momento uno de ellos, un chico de 17 años, se acercó a mí y comenzamos a conversar.
Cuando estaba hablando con ese joven, le pregunté sobre su vida, su familia, hacía cuánto tiempo había conocido al Señor, cómo se sentía en Costa Rica, sus expectativas del futuro, y le hice una de mis preguntas favoritas para hacerle a misioneros.
¿Qué pasará al siguiente día?
En un principio él no entendió a qué me refería.
Lo que yo le estaba preguntando era: ¿cuáles eran sus expectativas cuando volviera a casa? ¿Qué pasaría con su vida después de que la emoción y la adrenalina del viaje misionero se acabara? ¿Qué seguía? ¿Simplemente esperar hasta el próximo viaje?
Lo he visto muchas veces: jóvenes que por emoción toman la oportunidad de ir en un viaje misionero, pero que vuelven a casa, vuelven a su vida normal y lo siguiente que sabes sobre ellos es que se alejaron de Dios. Así que quería asegurarme de que estos chicos tuvieran claro que para ellos era solo el comienzo.
El joven simplemente respondió:
“No sé, no había pensado en eso, simplemente creo que será lindo volver a casa.”
A lo que yo le dije:
“Será un martes cualquiera. Y eso está bien…”
Muchas veces, después de una experiencia espiritual intensa, la vida se puede sentir pesada.
Ya no está la emoción de estar en otro país, ni la prisa de aprovechar el tiempo lo más que se pueda, ya no está la curiosidad de conocer muchas personas nuevas cada día. Tampoco está el devocional grupal cada mañana, ni los diez servicios diferentes a los que asistes en una semana, tampoco las decenas o cientos de niños con los que puedes jugar durante las actividades.
Y aunque esto puede ser un alivio, porque vuelves a tus comodidades, la vida espiritual no se puede resumir a un evento o a una semana. Pero, cuando no entendemos eso, puede parecer que sí lo es. Y es por eso que la vida se puede sentir pesada.
Muchas veces necesitamos la emoción y la adrenalina para sentir que Dios haciendo algo. Sin embargo, tenemos que entender que después de que el campamento se acaba, después de que el congreso o la conferencia termina, después de que vuelves del viaje misionero al otro lado del mundo, vivirás un martes cualquiera y eso está bien, porque Dios también está allí.
En la Biblia, no se menciona prácticamente nada de lo que Jesús hizo los treinta años antes de iniciar su ministerio, solo sabemos un par de cosas.
La primera la encontramos en Lucas 2:52, en donde se menciona a Jesús cuando aún era un niño, y dice lo siguiente:
“Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en el favor de Dios y de toda la gente.” (Lucas 2:52 NTV)
Aquí vemos que Jesús era un niño común, viviendo una vida ordinaria, en una familia promedio, pero aun así honró a Dios a través de esa vida y el favor de Dios estaba con él.
La segunda cosa que sabemos sobre él es que tenía una profesión, en Marcos 6:3 dice:
“Y se burlaban: ‘Es un simple carpintero, hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón. Y sus hermanas viven aquí mismo entre nosotros.’ ...” (Marcos 6:3 NTV)
Aquí, el Evangelio nos muestra que Jesús era un hombre común, con una profesión común. Y eso agradaba a Dios.
Porque Jesús era igual de espiritual cuando trabajaba como carpintero que cuando murió en la cruz por nuestros pecados.
Para Dios, los treinta años antes de que Jesús comenzara su ministerio no fueron un desperdicio. Jesús glorificó al Padre mientras era un niño y adolescente que obedecía a José y María, mientras aprendía un oficio, mientras estudiaba Su Palabra en la sinagoga, mientras comía, mientras descansaba…
Porque una vida ordinaria también puede glorificar a Dios.
El apóstol Pablo escribió:
“Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente.” (Colosenses 3:23 NTV)
Eso se lo escribió, entre otras personas, a esclavos. Porque aun viviendo una vida como esclavos, obedeciendo a sus amos, esas personas podían vivir una vida que glorificara a Dios.
Sé que todos soñamos con hacer cosas extraordinarias para Dios. Y, a veces, pensamos que para servirlo bien deberíamos hacer grandes obras. Pero quizá Dios prefiere que le honremos cada día de nuestras vidas ordinarias, y no solamente durante un evento extraordinario una vez al año.
Así que esto fue lo que compartí con aquel joven:
“Será un martes cualquiera. Y eso está bien, porque Dios también estará allí.”
“Así que, sea que coman o beban o cualquier otra cosa que hagan,
háganlo todo para la gloria de Dios.” (1 Corintios 10:31 NTV)
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Well done brother!
I went on my first mission trip to El Salvador, when I was fourteen. That was long before I learned that the best way to grow is by serving others, and the best way to learn is by teaching.
Keep on writing, it's as good for you as for anyone else.