Sin vida
Parte I: el Evangelio visto a través de “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (Blade Runner).

Rick Deckard despierta una mañana al lado de su esposa Iran. Ellos vivían en un edificio de apartamentos casi vacío.
Había silencio.
De ese silencio que hace que nuestras emociones se sientan mucho más fuertes.
Para ellos, el mundo no era como el que nosotros conocemos. Una gran guerra lo había destruido todo. La humanidad había migrado hacia otros mundos, y los pocos humanos que quedaban en el planeta, no estaban allí por gusto.
Sin embargo, para sobrellevar la “miseria” en que estas personas vivían, algunos, los que lo pudieran pagar ¡claro! Contaban con un aparato llamado “climatizador del ánimo Penfield,” con el cual podían programar sus emociones.
Rick era un hombre metódico, en las mañanas su aparato Penfield siempre estaba en la configuración apropiada de emociones para que su día comenzara “bien.” Mientras tanto, su esposa no era igual. Ella no disfrutaba la idea de ser seres programados. Para ella, la vida no tenía mucho sentido vivirla de esa forma.
O al menos, esto comenzó a ser así después de algún tiempo.
Un día, Iran fue expuesta a una realidad que muchos no habían notado. Ella fue expuesta a la sensación de “vacío.”
Pero ¿Qué era ese vacío?
Ya que el mundo estaba prácticamente deshabitado, si en algún momento no podías programar tu aparato Penfield y entrabas en un estado de “ausencia de respuesta emocional,” por un segundo, podrías ser consciente del vacío que había en el planeta.
Y un día, ella experimentó eso. Fue consciente de que el mundo estaba vacío, que la ciudad estaba vacía, incluso el edificio en el que vivían lo estaba. Era un vacío tan profundo que incluso pudo escuchar los ruidos que hacían las estructuras del edificio.
Para salir de ese estado, las personas debían activar una configuración específica en su aparato Penfield; sin embargo, mientras ella lo hacía, sin querer descubrió la configuración para programar la depresión.
Así que aquella mañana, por elección propia, esa era su configuración emocional: sentirse deprimida.
En esta escena del libro, Rick e Iran tienen toda una conversación en la que él intenta persuadirla para que cambie esa programación por una más “amigable.” A lo que ella se negaba.
Honestamente, él ni siquiera sabía que existía una forma de programar el aparato para sentir depresión; tampoco entendía por qué ella prefería sentirse así, si simplemente utilizando un código distinto podría cambiar ese sentimiento.
Entonces, Rick la cuestiona.
Para él no tenía sentido sentirse de esa forma, si simplemente podía programar algo distinto.
Y aquí es a lo que yo quería llegar: a la respuesta de Iran.
¿Por qué ella prefería sentirse deprimida y desesperanzada?
Cuando ella entró en el estado de “ausencia de respuesta emocional” y sintió el vacío por primera vez, esos minutos antes de descubrir la configuración de la depresión en el aparato Penfield fueron suficientes para que ella se diera cuenta de algo sumamente profundo.
El libro dice así:
Iran: “—entonces caí en la cuenta de lo poco sano que era ser consciente de la ausencia de vida, no sólo en este edificio, sino en todas partes, y no ser capaz de reaccionar.”
En esta frase me voy a detener por el día de hoy.
No sé si sientes lo mismo que yo, pero, por alguna razón, esa frase me parece realmente incómoda.
Y no tiene que ver nada con el futuro distópico que se nos presenta en el libro, ni tampoco con la ausencia de vida como tal. Si no que me incomoda pensar en la incapacidad de reaccionar ante eso.
Porque si lo vemos desde nuestra realidad, realmente no suena tan lejano para nosotros hoy en día.
Sí, en Blade Runner se nos presenta la imagen de un mundo literalmente vacío, en donde muchas personas prefieren “bloquear” de alguna forma sus emociones antes que tener que afrontar su realidad.
Y esa frialdad es algo que también vemos hoy.
Quizá no tenemos ciudades vacías, pero sí hay muchos corazones vacíos a nuestro alrededor.
Y la frialdad hacia esos corazones, lamentablemente, es muy evidente.
Muchos somos conscientes de ese vacío en la vida de muchas personas, pero no reaccionamos. Seguimos enfocados en nosotros mismos, en nuestras vidas, en nuestras preocupaciones. Y poco a poco nos hemos ido acostumbrando a eso.
Nos acostumbramos a vivir en un mundo vacío. En el que, aunque podamos hacer algo al respecto, preferimos no hacerlo, porque es más cómodo, es más fácil una vida así.
Pero esta es la cosa:
Aquellos de nosotros que somos cristianos, y que tenemos la madurez suficiente para ver con claridad que algo no está bien en el mundo, que hay un vacío que no se puede llenar, que hay una ausencia de vida que afecta a muchos, no solo deberíamos sentir la incomodidad de reconocerlo, sino también la necesidad y la convicción de hacer algo al respecto.
Santiago escribió lo siguiente:
“Recuerden que es pecado saber lo que se debe hacer y luego no hacerlo.” (Santiago 4:17 NTV)
¡Así de claro!
Si podemos ver que algo está mal en el mundo y no hacemos nada al respecto estamos pecando.
Pero entonces, la pregunta es: ¿Qué podemos hacer nosotros al respecto?
Porque si algo debemos tener claro es que ese vacío en el corazón de muchas personas solo lo puede llenar Dios.
A nosotros solo nos corresponde ayudar a otros acercarse a Él, la única fuente de vida eterna. Esa es nuestra parte.
Esto les dijo Jesús a sus discípulos:
“Entonces les dijo: ‘Vayan por todo el mundo y prediquen la Buena Noticia a todos. El que crea y sea bautizado será salvo, pero el que se niegue a creer, será condenado.’” (Marcos 16:15-16 NTV)
No se trata solo de ver el vacío que hay en el mundo y orar para que Dios haga algo al respecto, sino que también debemos entender que nosotros, discípulos de Cristo, hemos sido llamados a tomar parte en la solución.
Tenemos que compartir las Buenas Noticias sobre Cristo a cuantas más personas podamos.
Sé que es difícil. Sé que muchas veces nos podemos sentir incapaces o podemos sentir que no tenemos la influencia para alcanzar a nadie. Sé que a veces no sabemos cómo hacerlo, no sabemos qué decir o qué escribir.
Déjame contarte esta historia:
Mi hermana y mi cuñado solían tener un grupo de estudio bíblico en su casa. No sé por qué, pero siempre terminábamos hablando de lo mismo: compartir el Evangelio.
Yo, por lo general, les compartía alguna de mis experiencias haciéndolo, principalmente con amigos de la universidad o compañeros de trabajo. Y en una de esas conversaciones, después de que les compartí una experiencia, mi cuñado dijo:
“Yo solamente me estoy dando cuenta de una cosa. Héctor eres muy malo evangelizando.”
Obviamente, era en tono de broma, aunque definitivamente no es uno de mis dones.
Y tal vez, al igual que yo, sientas que no eres “bueno” en eso.
Pero al final, no se trata de si somos buenos o no, ni siquiera de la forma en que lo hagamos, no todos tenemos los mismos dones, ni las mismas oportunidades. Simplemente se trata de no quedarnos indiferentes.
Se trata de no acostumbrarnos a ver un mundo sin vida y seguir como si nada pasara.
D. T. Niles dijo que hablarles a otros de Cristo se puede comparar con un mendigo diciéndole a otro mendigo dónde encontrar pan.
En otras palabras, se trata simplemente de compartir lo que hemos recibido.
Se trata de hablarles a otros de Aquel que llenó nuestro vacío. De ayudar a otros a encontrar esa fuente de vida que un día nos encontró a nosotros.
Y con esto quiero cerrar por hoy.
En el Evangelio de Juan hay una bella historia en donde se resume todo lo que quería compartir. Puedes leerla completa en el capítulo 4, pero te quiero dejar un fragmento:
“Jesús contestó: —Si tan solo supieras el regalo que Dios tiene para ti y con quién estás hablando, tú me pedirías a mí, y yo te daría agua viva … —Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna. —Por favor, señor —le dijo la mujer—, ¡deme de esa agua! Así nunca más volveré a tener sed ... La mujer dejó su cántaro junto al pozo y volvió corriendo a la aldea mientras les decía a todos: ‘¡Vengan a ver a un hombre que me dijo todo lo que he hecho en mi vida! ¿No será este el Mesías?’.” (Juan 4:10,13-15,28-29 NTV)
Y quizá ahí está todo.
La mujer samaritana vio su vacío, se encontró con Aquel que lo llenó y entendió que otros también lo necesitaban. Así que no lo dudó, fue y lo compartió.
De eso se trata.
Espero que hayas disfrutado este escrito y que te anime a compartir con otros lo que has recibido.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? ha sido uno de mis libros favoritos por mucho tiempo y cubre temas sumamente interesantes que se pueden relacionar de muchas formas con el Evangelio. Así que en las próximas semanas estaré desarrollando un poco algunos de esos temas, utilizando distintas escenas del libro. Así que, de antemano, pido disculpas si no has leído el libro y te hago algún spoiler.
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