
C.S. Lewis en su libro “Una pena en observación” escribió estas palabras dedicadas a su fallecida esposa:
“Era a H. a quien yo amaba. Pero si lo que quiero es enamorarme de mi recuerdo de ella, el resultado será una imagen elaborada por mí.” — C.S. Lewis
Quien haya estado enamorado en algún momento de su vida, sabrá que esas palabras escritas por Lewis no solo aplican después de la pérdida de una persona amada, sino que, son ciertas incluso en las etapas tempranas del enamoramiento.
De hecho, según el Centro de Psicología Área Humana, el enamoramiento se define como:
“Un estado emocional transitorio, caracterizado por una fuerte activación bioquímica y fisiológica, cuyo rasgo principal es el deseo intenso de unión con otra persona. No es un acto voluntario, sino una respuesta biológica y psicológica que altera nuestra percepción de la realidad, focalizando toda nuestra atención en el objeto de nuestro deseo.”1
En pocas palabras, el enamoramiento no solo nos conecta con otra persona, también modifica la forma en la que la percibimos. Lo interesante es que, según la ciencia, uno no decide racionalmente enamorarse, sino que es una respuesta emocional/psicológica. Y lo más llamativo sobre esta respuesta es que lo que percibimos sobre la otra persona no es completamente real.
Durante el enamoramiento comenzamos a relacionarnos parcialmente con una imagen de la otra persona construida por nosotros mismos. Exageramos virtudes, minimizamos defectos, llenamos vacíos con imaginación y, el tema en el que quiero profundizar hoy, proyectamos expectativas.
A esto es a lo que se refería C.S. Lewis sobre su difunta esposa: si él buscara enamorarse de su recuerdo, se enamoraría de la respuesta emocional de su propia mente, no de la persona real. Se enamoraría de las expectativas que él tuviera, si ella siguiera con vida.
Para mí, ese es el mejor y más radical ejemplo para entender de qué se tratan las expectativas.
Porque, aunque el enamoramiento parece el escenario perfecto para entender este fenómeno, no es el único. Esta “fabricación de imágenes” es algo que afecta todas nuestras relaciones. Sin darnos cuenta, poco a poco, dejamos de ver a las personas como son realmente y las comenzamos a ver a través de una versión de ellas que hemos diseñado en nuestras mentes.
Ese era el temor de C.S. Lewis, dejar de recordar a su esposa y comenzar a crear una versión ficticia de ella en su mente.
Y todos hacemos eso, todos creamos “versiones ficticias” de los demás en nuestras mentes: el amigo perfecto, el hijo que cumple nuestros sueños, la pareja perfecta, etc.
Constantemente estamos construyendo imágenes de quienes creemos que las personas son, o lo que deberían ser.2
Y nosotros mismos no estamos exentos de que otros pongan expectativas sobre nosotros. El problema es que cuando las expectativas no se cumplen, entonces en su lugar puede haber decepción.
Te quiero compartir un ejemplo de algo que yo he vivido.
Desde que yo tenía 10 años, mi familia asistía a la misma iglesia. Desde muy joven, muchas personas de la iglesia solían decirme que yo algún día me convertiría en el pastor de esa iglesia. Pasaron los años y me convertí en el pastor de jóvenes, algún tiempo después, me convertí en el copastor de la iglesia, y cuando todo parecía seguir su curso hacia que yo me convirtiera eventualmente en el pastor de la iglesia cuando nuestro pastor decidiera retirarse (como muchos esperaban), el Señor me llamó a salir de esa iglesia.
Recuerdo muy bien mi conversación con el pastor cuando le informé mi decisión. Recuerdo que una de las cosas que él me dijo fue que él no pensaba estar muchos años más al frente de la iglesia y que esperaba que yo fuera su reemplazo.
Honestamente, fue un momento difícil, porque, si en algún momento se me hubiese ofrecido el puesto, yo firmemente me habría negado.
Pero salí ese día de la iglesia sintiendo, por un lado, paz, de saber que estaba siguiendo lo que el Señor quería de mí, pero, por otro lado, culpa, por sentir que le estaba fallando a esas personas.
Salí de esa iglesia, y sé que hay personas que fueron lastimadas por esa decisión.
¿Por qué?
Porque tenían expectativas puestas en mí, fundamentadas sobre algo que yo no era. Nunca quise ser pastor, Dios era quien me tenía ahí y ahora Él me quería en otro lugar.
Es difícil cargar con versiones de ti que otros construyen.
Es hasta injusto.
Porque esas expectativas pueden llegar a mezclarse con nuestra identidad, a mezclarse con lo que realmente somos.
De hecho, en psicología se plantea que las personas tienden a construir parte de su identidad alrededor de sus interacciones sociales, y los roles y expectativas que otros proyectan sobre ellas.3
Y esa es la razón por la que decepcionar a alguien puede llegar a doler tanto. Porque no solo tiene que ver con el sentimiento de fallarle a alguien más, sino también que se lucha con la percepción de que estás fallando en ser quien se suponía que fueras. Estás fallando en convertirte en la versión tuya que otros imaginaron, y que, hasta cierto punto, te hicieron pensar que era real.
Lo peor es que, en algunos casos, si no aceptas esa construcción, tú mismo eres quien termina sintiéndote “fracasado.” Sintiendo que fallaste. Que les fallaste a los demás, que te fallaste a ti mismo, incluso, podrías llegar a pensar que le fallaste a Dios.
De hecho, mientras escribía esto, estaba pensando en alguna historia bíblica que me ayudara a llevar este ensayo hacia la Palabra de Dios. Pensando en nombres de personas de la Biblia, el primero en el que pensé fue en el rey David. El hombre conforme al corazón de Dios.4
Y creo que la razón por la que pensé en él es porque David vivió gran parte de su vida bajo grandes expectativas.
Para los estándares humanos, el hombre conforme al corazón de Dios debía ser el mejor rey, pero David no lo fue, porque en ocasiones se olvidó de su responsabilidad y falló;5 el hombre conforme al corazón de Dios debía ser el mejor guerrero, pero él no lo fue, porque cuando tuvo la oportunidad de asesinar a su enemigo, decidió perdonarle la vida;6 el hombre conforme al corazón de Dios debía ser el mejor padre, pero David tampoco lo fue, porque falló con Absalón.7
David, en muchas ocasiones, no llenó las expectativas que otros tenían sobre él, y seguramente era un peso con el que tenía que lidiar cada día. Pero, aun así, después de todo eso, Dios lo seguía considerando un hombre conforme a Su corazón.
Creo que eso dice mucho sobre la forma en la que Dios nos ve a nosotros.
Porque, la verdad es que mientras las personas muchas veces construyen versiones de nosotros basadas en expectativas o respuestas emocionales/psicológicas, Dios mira nuestro corazón.
De hecho, cuando el profeta Samuel fue a la casa de Isaí a buscar al próximo rey de Israel para ungirlo, él miró a Eliab, otro de los hijos de Isaí, y pensó que seguramente él era el escogido por Dios. Pero el Señor le dijo lo siguiente:
“Pero el Señor le dijo a Samuel: —No juzgues por su apariencia o por su estatura, porque yo lo he rechazado. El Señor no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón.” (1 Samuel 16:7 NTV)
Samuel tenía expectativas sobre cómo debía lucir un rey. Expectativas que no se inventó él. Sino que estaban fundamentadas en lo que él conocía, en lo que era normal, en lo que era apropiado, en el “curso natural de las cosas.”
Así es como muchas veces las personas nos miden y como nosotros medimos a otros, según expectativas fundamentadas en qué es lo “normal” o “correcto.”
Te cuento otra experiencia personal sobre este tema. Además de servir al Señor en una iglesia también estudié ingeniería química en la universidad y hasta el día de hoy no he trabajado en eso tampoco, y sé que eso también ha decepcionado a algunas personas, y hoy siento el peso de ello, porque a los ojos de los hombres, estudiar una carrera y no dedicarse a ella es fracaso, porque hay expectativas puestas en ello.
Pero, viendo ese versículo en 1 Samuel, creo que en él se explican muchas más cosas de las que solemos imaginar.
David cometió muchos errores a lo largo de su vida y sufrió las consecuencias de ellos. Nosotros cometeremos errores o tomaremos decisiones que traerán consecuencias también.
Pero Dios no construye una versión idealizada de nosotros, basada en desempeño, errores o expectativas.
Él mira mucho más profundo que eso. Él no reduce nuestra identidad a lo que se espera de nosotros. Y esto es algo que, a mí, me ha costado aceptar.
Quizá porque soy un perfeccionista, quizá por miedo a no poder ver lo que Dios les revela a otros sobre mí, quizá por mirarme a través de los ojos de otros distintos a Él, quizá porque es difícil cargar con el peso de las versiones que otros crean sobre mí y que, en momentos de debilidad, he llegado a creer que es mi única identidad… no sé.
Creo que, simplemente, hay mucha paz en saber que Dios mira nuestros corazones, y que, aunque quizá no veamos materializado lo que allí hay aún, Él sí lo puede ver. Él conoce el final de la historia.
Y eso significa que, aun cuando puede que “decepcionemos” a algunos, aun cuando no logremos convertirnos en la versión que otros imaginaron de nosotros, Dios sigue conociendo quiénes somos realmente. Y Él es soberano, así que podemos confiar que estamos en el lugar correcto.
Porque las expectativas humanas siempre serán parciales y siempre estarán sesgadas por las emociones, sueños e idealizaciones. A esto es a lo que se refería C.S. Lewis. Y es lo mismo que sucede cuando estamos enamorados.
Pero Dios no nos mira así. Él no nos idealiza.
Y eso nos debería producir paz, porque significa que Dios no ama la versión idealizada que otros construyen de nosotros, sino que Él ama lo que realmente somos.
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Mi tesoro
Después de discutir con su esposa, Rick Deckard subió a la azotea del edificio en el que vivían. En ese lugar, Rick tenía la que para él era su posesión más preciada, una oveja mecánica.
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En este ensayo, solo quise referirme a las relaciones humanas y no a las situaciones de la vida. Porque, sin duda alguna, cada situación que vivimos también se puede ver afectada por lo que esperamos que suceda.
1 Samuel 13:14
1 Crónicas 15:13
1 Samuel 24:10
2 Samuel 18:33



