Especiales
Parte III: El evangelio visto a través de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner).

En el capítulo 2 de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Se nos introduce a un nuevo personaje: John Isidore. Él era un hombre catalogado como “especial.” Una palabra que en ese mundo tenía un significado muy distinto al que esperaríamos.
En la realidad en la que Rick Deckard (de quien les conté en las Partes I y II) y John vivían, había algunas personas que eran catalogadas como “especiales.” Pero, ¿qué era lo que los hacía entrar dentro de esta categoría?
El mundo había sido destruido durante la Guerra Mundial Terminus. Como consecuencia, el aire estaba lleno de radiación y contaminación, lo que producía que la reproducción de las especies fuera muy complicada, ya que la exposición prolongada a este ambiente generaba que los seres vivos quedaran estériles. Además, en algunos casos, esta misma exposición, podía alterar las capacidades cerebrales de los individuos.
Y este era el caso de John Isidore. Él era un hombre no apto para reproducirse y con daño cerebral debido a la contaminación radioactiva. Así que no era solamente catalogado como un “especial,” sino también como un “cabeza hueca.”
De hecho, este fenómeno había sido una de las principales razones por las que la humanidad comenzó su emigración hacia otros mundos.
El libro dice:
“Permanecer en la Tierra suponía correr el riesgo potencial de verse clasificado como inaceptable biológicamente, convertido en una amenaza para la prístina herencia de la raza.”
En el momento en el que un ser humano era clasificado como alguien “especial,” para la sociedad remanente era como si esa persona simplemente desapareciera. Como dice en el libro:
“… cesaba, a casi todos los efectos, de formar parte de la humanidad.”
Este tipo de personas vivían solos, aislados de los demás, eran invisibles para la sociedad. No porque su condición fuera contagiosa, sino porque estaban en la posición más baja de la “escala de valor” de la humanidad.
Y lo que hacía esta situación aún más dolorosa es que estos seres no eran aptos para emigrar.
Otro de los párrafos narra lo que sucedía cuando John decidía encender su televisión:
“… los anuncios, dirigidos a los asiduos supervivientes, lo asustaban. Le informaban, con infinita sucesión de las innumerables razones, de por qué él, un especial, no era un ser querido. No servía. No podía, por mucho que quisiera, emigrar.”
Aquí me voy a detener con el libro por hoy.
¿Suena realmente tan diferente este futuro distópico con la realidad de nuestro mundo actual?
La respuesta, tristemente, es no.
Sí, es un escenario apocalíptico, pero la lógica detrás de él no es tan ajena a nuestra realidad. Hoy no usamos la palabra “especial” para clasificar a las personas, ni basamos nuestras jerarquías sociales en nuestra capacidad para reproducirnos. Pero, por supuesto que sí construimos sistemas que determinan quién parece tener más valor y quién menos.
Contamos con escalas sociales subjetivas en donde ciertas características son recompensadas y otras son relegadas. La belleza, inteligencia, estabilidad emocional, salud, capacidad económica, productividad, títulos académicos, cantidad de seguidores en redes sociales; incluso nacionalidad, color de piel, etc. Todas estas cosas, aunque no seamos conscientes de ello, se convierten, muchas veces, en medidas silenciosas del valor humano.
Y el problema no es reconocer que estas diferencias existen. El problema es cuando permitimos que ellas definan la dignidad y el valor de las personas.
Porque para que haya un grupo selecto considerado como superior, por defecto, debe haber una contraparte considerada como inferior. Cuando la sociedad comienza a dar más valor a quienes son más capaces, atractivos, saludables o más exitosos, inevitablemente comienza a considerar que quienes no cumplen con estos estándares tienen menos valor.
Eso es lo que vemos reflejado en el libro.
En Blade Runner, las personas que no cumplen con los estándares de valor impuestos por la sociedad simplemente no merecen valor alguno.
Y tal vez nos suene chocante decir que así es como funciona nuestro mundo también.
Quizá no usamos palabras tan crueles como “inaceptable biológicamente.” Pero muchas veces vivimos como si algunas personas fueran más dignas de admiración, aceptación y valor que otras.
Y no lo dejo solo en una crítica social-general, también lo veo en nuestra realidad como individuos independientes.
Cada uno de nosotros creamos nuestras propias versiones de lo que es apto y lo que no (en el libro a los individuos se les clasifica como aptos o no aptos para emigrar).
Creamos nuestras propias versiones de los “especiales.” Personas que, por no cumplir ciertos estándares, terminan sintiéndose menos dignas, menos aceptadas y menos valiosas.
Incluso como cristianos, hemos llegado a crear este mismo tipo de divisiones basadas en teología, denominaciones, conocimiento, disciplina espiritual, dones, etc. En donde algunos se pueden sentir superiores a otros, y terminan descalificando la fe de los que no son “aptos.”
Y el problema aquí es que nosotros mismos hacemos que haya personas que sientan como que no sirven, que no son ni serán suficientes, que simplemente no califican. Y sí, quizá tampoco somos malos con ellos, pero nuestra indiferencia ante esto es lo que no está bien.
Cuando el valor humano se mide en función del mérito, siempre habrá personas que queden relegadas.
Siempre habrá personas que no cumplan con el estándar. Y esa es una de las heridas más profundas de nuestra sociedad: la idea de que el valor se gana, pero que hay algunos que por más que se esfuercen nunca se lo podrán ganar.
Eso era lo que los anuncios en el televisor le decían a John Isidore.
Y justo sobre esta misma idea es donde el Evangelio se vuelve tan radicalmente hermoso.
Porque mientras el mundo construye categorías para decidir quién vale más, Jesús rompe completamente con esa lógica.
Jesús rompe esa lógica con gracia.
En la Escritura podemos ver que Jesús no vino a buscar a los que parecían más aptos, dignos o valiosos. Él vino por aquellos que reconocemos nuestra necesidad de él.
Romanos 3:23 dice:
“Pues todos hemos pecado; nadie puede alcanzar la meta gloriosa establecida por Dios.” (Romanos 3:23 NTV)
Si la humanidad tuviera que emigrar a otros planetas para sobrevivir y la santidad fuera el estándar para decidir si eres apto o no, todos nos quedaríamos en la tierra.
Porque delante de Dios no existen categorías de valor humano. No existen los “especiales,” ni los aptos o no aptos. Delante de él todos somos especiales (en ambos sentidos en que puedes entender esa frase).
Ninguno de nosotros es capaz de calificar por mérito propio. Y aunque ninguno merecemos ser aceptados, Dios nos ofrece gracia a todos.
Romanos 5:8 dice:
“… pero Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores.” (Romanos 5:8 NTV)
En el mundo se nos enseña que el valor se gana, que solo somos valiosos si poseemos características que nos hagan valiosos, y que para ser aceptados necesitamos llenar el molde y cumplir las expectativas impuestas por la sociedad. Pero Jesús nos dice que él nos ama aun sabiendo que jamás podremos cumplir perfectamente el estándar de santidad de Dios.
Eso es “ridículo” y hermoso.
Dios nos ama, aunque seamos “especiales.”
Dios nos ama, aunque la sociedad nos clasifique como “cabeza hueca.”
Y si Dios nos acepta aun sabiendo eso, ¿qué nos da la autoridad a nosotros de medir a los demás según estándares humanos?
Nada. La respuesta es: nada. No tenemos esa autoridad.
No podemos seguir creando categorías de valor donde Dios no las crea.
Jesús mismo dijo:
“… Quien quiera ser el primero debe tomar el último lugar y ser el sirviente de todos los demás.” (Marcos 9:35 NTV)
En nuestra condición de pecadores urgentemente necesitados de gracia, la ambición de sentirnos superiores a otros no es una opción realista. Según el Evangelio, ni siquiera tiene sentido.
No cuando todos dependemos de la misma misericordia.
“Dios los salvó por su gracia cuando creyeron. Ustedes no tienen ningún mérito en eso; es un regalo de Dios. La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo.” (Efesios 2:8-9 NTV)
Así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo, y, por lo tanto, ninguno tiene el derecho de mirar a alguien más como “no apto.”
Aquí puedes leer las Partes I y II de esta serie sobre el evangelio visto a través de: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Blade Runner).
Parte I
Sin vida
Rick Deckard despierta una mañana al lado de su esposa Iran. Ellos vivían en un edificio de apartamentos casi vacío.
Parte II
Mi tesoro
Después de discutir con su esposa, Rick Deckard subió a la azotea del edificio en el que vivían. En ese lugar, Rick tenía la que para él era su posesión más preciada, una oveja mecánica.
Si este Pensamiento te habló o te bendijo de alguna manera, me encantaría saberlo en los comentarios. También, si estás pasando por algo y necesitas oración, puedes sentirte libre de enviarme un mensaje privado.
Si algo de lo que leíste te bendice, te anima o te acerca a Jesús, entonces ya valió la pena mi trabajo. Pero, si te gustaría apoyarme a continuar escribiendo, puedes comprarme un café. ¡Dios te bendiga!




